En el marco de las celebraciones por el centenario de la Cámara Nacional de Comercio (Canaco) de Tijuana, el Centro Cultural Tijuana (Cecut) se convirtió en el escenario del magno conversatorio «Historia del Vino en Baja California». El encuentro, moderado bajo la gestión de Olivaldo Luis Paz Gómez y Álvaro Montaño Rubio, reunió a cinco de las personalidades más influyentes de la industria vitivinícola regional: Keiko Nishikawa Chávez (Bodegas Santo Tomás), Natalia Badan (Mogor Badan), Hans Backhoff Guerrero (Monte Xanic), Francisco Rubio Cárdenas (Bodegas Ruby) y el decano de los productores, Don Camilo Magoni (Bodegas Magoni).
Ellos fueron los encargados de desenterrar los hitos, crisis y anécdotas que transformaron a la región en el motor vitivinícola del país, donde hoy en día se produce siete de cada 10 botellas de vino mexicano. La historia de esta noble industria se divide en cuatro grandes eras:
El origen misionero y el impulso de Lázaro Cárdenas (1700 – 1928)
El viaje de la vid comenzó en el año 1700, cuando el misionero jesuita Fray Juan de Ugarte llevó los primeros sarmientos al Valle de Santo Tomás, introduciendo el cultivo junto al olivo y al dátil. Siglos más tarde, las tierras del Valle de Santo Tomás pasaron a manos de los inversionistas de origen vasco Andonaegui y Ormart, quienes fundaron formalmente Bodegas Santo Tomás en 1888, la casa productora pionera de la región. Como relató Keiko Nishikawa Chávez, actual gerente de Relaciones Públicas de la bodega, la historia de Ensenada (fundada en 1882) no puede contarse separada de la de esta vinícola.
Paralelamente, en Tijuana la historia también echaba raíces: en 1928, Don Angelo Cetto fundó Bodegas Cetto para vender vino al sur de California. Años después, bajo los auspicios del presidente Lázaro Cárdenas, se abrió el cultivo de 280 hectáreas de vid en la zona de Tijuana para abastecer y capitalizar esta estratégica región fronteriza.
La era del General Abelardo L. Rodríguez y los exiliados rusos
En la década de los 30, el general Abelardo L. Rodríguez adquirió Bodegas Santo Tomás, convirtiéndose en el gran dinamizador de la economía local. Rodríguez trajo a la región al primer enólogo profesional, Esteban Ferro, quien introdujo las primeras variedades de vides italianas y francesas.
Nishikawa relató que, a mediados de esa década, el general trasladó las instalaciones al centro de Ensenada por una razón estratégica: se acercó a los rusos exiliados del Valle de Guadalupe para pedirles que plantaran uva, entregándoles los sarmientos y garantizando la compra de toda su producción. Décadas después, en los años 70, la bodega fue vendida al abarrotero español Don Elías Pando, transacción que dejó una peculiar anécdota: Don Elías envió inicialmente un cheque en blanco como muestra de confianza, pero el general, ofendido, lo rompió y se lo devolvió por correo antes de cerrar el trato definitivo por el precio pactado.
El nacimiento del vino de autor
Durante décadas, el Valle de Guadalupe se dedicó casi exclusivamente a cultivar uva que se vendía a la empresa Domecq para la producción de brandy, manteniendo las viñas podadas bajo el sistema tradicional «en vaso». Sin embargo, a mediados de los años 80, la industria del brandy entró en crisis debido a la entrada de productos europeos y a un fuerte embargo aduanero.
«Empezamos a pensar diferente en los 80», compartió Natalia Badan. «Toda esa uva se le vendía a Domecq para hacer brandy… pero ante la crisis, mi hermano Antonio Badan decidió: ‘Vamos a hacer vino hoy con nuestras uvas'». Con toneladas de uva comercial sobrante y sin compradores, los viticultores se vieron obligados a reinventarse e injertar variedades más finas como Cabernet Sauvignon y Merlot. La familia Badan comenzó a operar de forma muy rústica en el rancho con apenas seis barricas, un tanque de madera en el piso y una llenadora manual.
En 1986 nació la Cofradía del Vino, un movimiento creado para convencer a los locales de que la región tenía vocación vinícola. A este llamado se sumaron productores independientes y pioneros como Antonio Escalante, Rogelio Sánchez, Ricardo Bosson y Hans Backhoff, quien inició con Monte Xanic en 1987.
Modernización, «La Escuelita» y el futuro de los 9 valles
El último gran giro histórico ocurrió en 1988, cuando el enólogo Hugo d’Acosta llegó a Bodegas Santo Tomás. D’Acosta propuso reducir el volumen de producción (que entonces era de 400,000 cajas) para enfocarse estrictamente en la alta calidad y en expresar el carácter único de la tierra.
Con el nuevo milenio, el impulso de líderes como Francisco Rubio Cárdenas (de Bodegas Ruby) al frente del Comité Pro Vino y la fundación de «La Escuelita del Vino» —un centro de enseñanza que capacitó a las nuevas generaciones para elaborar vino de autor en sus propias cocheras— detonaron un crecimiento exponencial. A la par, la industria se profesionalizó gracias a la guía técnica y la trayectoria de figuras como Don Camilo Magoni, el mayor referente en el campo de la vitivinicultura regional desde 1965 con Bodegas Magoni.Hoy en día, la Ruta del Vino atraviesa Tecate, Tijuana y Ensenada (conectadas por la carretera México 3), extendiéndose a lo largo de nueve zonas productoras: Valle de Guadalupe, San Antonio de las Minas, Calafia, Santo Tomás, San Vicente, Ojos Negros, Tecate, Las Palmas y Tanama, consolidando un legado histórico familiar de excelencia que hoy suma más de 180 bodegas.














