Adquirir una discapacidad en la edad adulta es enfrentarse a un duelo profundo. Es un proceso donde el entorno se vuelve hostil y el miedo amenaza con paralizar el futuro. Así lo describe Sandra Yepis Ramírez, actual presidenta y representante legal de una institución con 64 años de historia en la región, dedicada a transformar la oscuridad en un camino de independencia para las personas ciegas.
En entrevista, Yepis Ramírez compartió su propio testimonio de vida, los retos de infraestructura que enfrenta el centro y la urgente necesidad de generar una verdadera empatía tanto en el gobierno como en la sociedad civil.
El quiebre y el renacimiento
Para Sandra, el proceso comenzó con un año de aislamiento en su casa tras perder la vista. «Uno piensa que la vida se ha acabado», recuerda. Fue la confrontación honesta de un ser querido lo que la impulsó a buscar ayuda para no truncar la vida de sus hijos. Sin embargo, el primer encuentro con la institución no fue fácil: «Yo no quería usar el bastón blanco porque sabía que marcaba mi discapacidad. Llegué aquí, me abrieron la puerta y lloré».
La sorpresa llegó al cruzar el umbral del salón de clases. Lejos de encontrar un espacio de lamento, se topó con un grupo que reía a carcajadas, bromeaba y se apoyaba mutuamente. Ese día comenzó un trayecto que la llevó de ser alumna aplicada a maestra de adultos, y hoy, a encabezar la mesa directiva de manera completamente voluntaria.
Una ciudad con barreras
La movilidad en la ciudad representa un desafío extremo. Sandra relata cómo las dinámicas cotidianas carecen de accesibilidad.
A pesar de haber realizado dinámicas de concientización con funcionarios de la delegación de La Mesa —donde se les invitó a recorrer las calles con los ojos vendados—, el impacto real en la infraestructura pública ha sido nulo.
«Eso que un funcionario siente de frustración e impotencia durante unos escasos minutos con un antifaz y un bastón, nosotros lo sentimos las 24 horas del día, los 7 días de la semana. ¿Qué pueden hacer por nosotros?»
- Vialidades intransitables: El reencarpetado y el estado de las aceras periféricas al centro se encuentran en condiciones pésimas.
- Déficit de semáforos sonoros: Prácticamente no existen dispositivos auditivos en los cruces de la ciudad, salvo contadas excepciones en zonas como el bulevar principal o Playas de Tijuana.
- Indiferencia en el transporte: Los asientos destinados a personas con discapacidad suelen ser ignorados por usuarios jóvenes o en el teléfono, obligando a los operadores a intervenir para que se respete el espacio. «No es un lujo, es una necesidad para nosotros», enfatiza Yepis.
Educación y empleo
El centro se enfoca en dotar a los alumnos de herramientas esenciales para la vida diaria a través de la lectoescritura Braille (con regleta y punzón), orientación, movilidad e inicios de computación mediante el software lector de pantalla JAWS. Además, se vinculan estrechamente con la escuela primaria Cuauhtémoc, en la zona de Plaza Río, la única institución pública que mantiene un canal de canalización bilateral y capacitación de docentes.
La inserción laboral es otro de los casos de éxito del modelo formativo, el cual cuenta con talleres de masoterapia, repostería y música. «La gente sale y busca la manera de ganársela», señala Sandra, detallando que las empresas suelen buscar formalmente a sus egresados debido a su alto nivel de compromiso y cuidado del empleo. Los casos de éxito incluyen alumnos que han concluido sus estudios en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) y jóvenes que continúan su bachillerato de manera regular.
Autogestión a base de «coricos»
Mantener en pie una estructura educativa de más de seis décadas sin subsidios oficiales requiere un esfuerzo comunitario titánico. Actualmente, el edificio enfrenta graves daños estructurales causados por las lluvias invernales, las cuales colapsaron plafones debido al deterioro de láminas con más de 30 años de antigüedad.
Para solventar estos gastos, el centro opera bajo un esquema de autogestión:
- Cuotas de recuperación mínimas: Se solicita a los alumnos una aportación mensual de 150 pesos para el pago de servicios (agua, luz, teléfono) y 200 pesos destinados al mantenimiento de limpieza.
- Producción artesanal: Cada viernes, un grupo de voluntarios elabora coricos tradicionales. Las bolsas son distribuidas por los mismos alumnos y comercializadas en restaurantes locales y redes de conocidos para crear un fondo de emergencias.
De cara al próximo ciclo, el centro planea expandir sus talleres productivos hacia la elaboración de jabones artesanales y velas para robustecer su economía interna.
Llamar a las cosas por su nombre
Finalmente, Sandra Yepis hizo hincapié en la importancia de dignificar a la comunidad a través del lenguaje correcto: personas ciegas o ciegos. El término «invidente» ha quedado obsoleto y el diminutivo «cieguitos» solo profundiza un enfoque compasivo que resta autonomía.
Aunque el nombre formal de la institución aún resguarda términos de su fundación, la directiva prioriza la atención inmediata ante la burocracia del cambio de razón social. Sin salarios de por medio y con el firme propósito de servir, la comunidad del centro demuestra cada semana que la ceguera no es el fin del camino, sino el inicio de una nueva forma de habitar el mundo








