El comunicólogo tijuanense Juan Carlos Domínguez Beltrán, egresado de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) y figura emblemática del periodismo cultural, gastronómico y vinícola en la región, falleció el 16 de julio de 2026, a los 58 años de edad. Nacido el 28 de mayo de 1968, Domínguez Beltrán dejó una huella profunda en la vida cultural de Baja California y en el gremio periodístico, donde desarrolló más de tres décadas de trabajo crítico, analítico y cercano a la comunidad.
Durante su trayectoria profesional, Domínguez Beltrán colaboró en medios como el Semanario ZETA, donde trabajó del 1 de febrero de 1996 al 9 de marzo de 2012. En ese periodo se desempeñó como reportero de la sección de Cultura y Espectáculos, editor de Ensenada y editor y columnista de la sección Zoom Político, consolidando una etapa de producción periodística intensa, rigurosa y reconocida por colegas y lectores. También colaboró en AFN, en diversas estaciones de radio y en el sector público, antes de consolidar su proyecto más representativo: Baja Culinaria, medio informativo dedicado a la difusión de la gastronomía, el vino, la cultura y las expresiones culinarias de la región.
Un referente en la gastronomía y el vino
En sus últimos años, Domínguez Beltrán se dedicó con especial entusiasmo a la cobertura de temas culturales y gastronómicos, particularmente aquellos relacionados con el Valle de Guadalupe, las fiestas de la vendimia, las catas, los maridajes y la cocina tradicional y de alto nivel. Quienes lo acompañaban en eventos organizados por Provino, Emprendedores del Valle de Guadalupe y L.A. Cetto, recuerdan cómo guiaba a colegas y amigos en la apreciación de vinos, platillos y técnicas culinarias, siempre con una mezcla de rigor, humor y pasión. Algo que también hacía cuando viajaba a San Diego, California.
Uno de los momentos que reflejó su reconocimiento en el ámbito gastronómico ocurrió en 2024, cuando fue invitado como juez calificador en el evento con causa “Jueves de parrillada”, organizado por la Fundación Castro-Limón. El encuentro, celebrado el 16 de mayo en la vinícola Maglén, dentro de la serie “Jueves ¿por qué no?”, reunió a participantes que prepararon diversos cortes de carne para su evaluación. En esta dinámica, distintiva por convocar exclusivamente a hombres en la preparación y degustación, Domínguez Beltrán aportó su experiencia, su paladar crítico y su visión sobre la responsabilidad social y la convivencia comunitaria.
Aventuras, activismo y amor por las ciudades donde vivió
Entre las experiencias que marcaron su vida, una de las más recordadas por sus amigos ocurrió en 2024, cuando decidió subir el Cerro Colorado, en Tijuana, acompañado de sus amistades más cercanas. Para él, aquella caminata fue una proeza personal y un símbolo de resistencia, convivencia y conexión con el territorio.
Juan Carlos también se solidarizaba con activistas defensores del patrimonio histórico de Baja California, mostrando empatía y apoyo hacia quienes luchaban por preservar la memoria arquitectónica, cultural y social de la región. Lamentaba profundamente cómo se iban perdiendo sitios icónicos de las ciudades bajacalifornianas y solía expresar nostalgia por los tiempos pasados, por las calles, bares, edificios y rincones que marcaron la identidad de Tijuana, Rosarito y Ensenada.
Cada año disfrutaba asistir al Parque Teniente Guerrero para la celebración del aniversario de Tijuana, realizada la noche previa al 11 de julio. Para él, ese encuentro comunitario era un ritual cargado de memoria, identidad y afecto por la ciudad que lo vio crecer y que él narró durante décadas.
Vivió por un tiempo en Playas de Rosarito, mucho más en Tijuana, pero también en Ensenada, ciudad que amaba profundamente. Ensenada era para él un refugio emocional: soñaba con volver y quedarse ahí de manera definitiva, atraído por su tranquilidad, su ambiente cultural, su gastronomía y la cercanía con el Valle de Guadalupe.
Un hombre de cultura, memoria, conversación… y profunda empatía con los animales
Además de su pasión por la cultura y la gastronomía, Juan Carlos sentía un afecto profundo por los animales, con una especial conexión hacia los felinos. Aunque disfrutaba convivir con perros y gatos, quienes lo conocían de cerca solían decir que él mismo tenía algo de felino: observador, silencioso, independiente, afectuoso en el momento oportuno y dotado de una empatía serena.
A lo largo de su vida compartió momentos entrañables con varios compañeros animales, entre ellos Camilo, a quien recordaba con nostalgia tras su fallecimiento, así como Juancho, Benito y Jacinto, felinos que marcaron distintas etapas de su vida y que mencionaba con cariño. En sus últimos días cuidó con dedicación a una pequeña compañera que le habían confiado. La pequeña gata de pelaje negro y blanco solía acurrucarse en su regazo cuando él se sentaba en el sillón o en una silla, gesto que quienes lo acompañaron hasta el final describen como un símbolo de la calma, la ternura y la compañía silenciosa que él ofrecía y recibía.
Una identidad marcada por humor, carácter y autenticidad
Juan Carlos tenía una forma muy particular de definirse a sí mismo, mezcla de humor, carácter y autenticidad. En su perfil personal de Facebook dejó una frase que lo acompañó durante años y que muchos recuerdan como un retrato fiel de su personalidad: “Amante de las flacas, amigo de los gatos, ruin con los culeros!!!” Una declaración directa, irónica y profundamente suya, que sintetizaba su estilo, su sentido del humor y su manera de relacionarse con el mundo.
Una vida de lugares, anécdotas y crítica profunda
Su personalidad era conocida por su carácter analítico, su crítica aguda y su capacidad para conversar largamente sobre cualquier tema. En la vida cotidiana disfrutaba recorrer lugares icónicos de Tijuana, Ensenada y San Diego, así como bares tradicionales como El Perico Bar, El Pirata Bar, Zebras, El Turístico y el histórico bar del Sanborns de la avenida Revolución, donde solía leer durante largos ratos. Su memoria estaba llena de anécdotas que compartía con humor y nostalgia, acompañadas de frases que se volvieron parte de su identidad: “Qué tanto es tantito”, “Peores cosas se verán” y “Tantos recuerdos”.
Conocido también como “El Payaso Ruin”, Domínguez Beltrán fue un personaje querido y reconocido en la comunidad cultural. Aunque era discreto y de bajo perfil, su presencia era constante en eventos, conferencias, desayunos y actividades del Colegio de Comunicólogos de Baja California, organización a la que se integró en 2023. Dentro del Colegio, Juan Carlos fue rápidamente apreciado por su experiencia, su trato afable y su capacidad de análisis. Participó activamente en desayunos colegiados, conferencias magistrales, tomas de protesta, firmas de acuerdos, actividades formativas y convivencias, convirtiéndose en una presencia habitual y respetada. También formó parte de la fundación Yo Sí Soy Periodista.
Una vida marcada por viajes, entrevistas y una ética firme
Su vida estuvo marcada por viajes y experiencias que enriquecieron su mirada periodística. Recorrió diversas regiones de México, Estados Unidos, Europa, América del Sur y Centroamérica, donde también tuvo la oportunidad de conocer culturas, paisajes y expresiones artísticas que ampliaron su visión del mundo. Entrevistó a artistas de renombre durante su etapa en ZETA y mantuvo siempre una postura crítica sobre la práctica periodística, defendiendo la ética, la profundidad y la responsabilidad social del oficio.
Sus últimos meses
En el ámbito personal, Juan Carlos fue profundamente amado por su madre, Alba Beltrán Cota, hasta el fallecimiento de ella y por su hermana mayor, Alma Domínguez, quien le cuidó y amó como a un hijo, acompañándole en su vida y en el arranque de su gusto por el periodismo. En sus últimos meses enfrentó situaciones adversas, desde finales de mayo de 2026, antes de su cumpleaños incluyendo un episodio de violencia que afectó bienes materiales de gran valor sentimental para él. Aunque se iniciaron averiguaciones, la falta de prontitud y eficacia en los procesos mermó su tranquilidad y contribuyó al deterioro de su salud. A pesar de ello, nunca dejó de luchar y mantuvo comunicación cercana con su familia y con dos personas que lo acompañaron hasta el final y a quienes permitió; una ligada al ambiente cultural que le abrió todo su corazón y la otra a la comunicología, el Colcombc y al periodismo, con quien solía ir al Valle de Guadalupe, además de sentarse con él en los eventos para disfrutar del momento con una copa de vino, mientras inferían, evaluaban, carcajeaban y se envolvían en el sarcasmo.
Un legado que permanece
Juan Carlos Domínguez Beltrán fue, y seguirá siendo, parte de la historia del periodismo en Baja California. Su legado permanece en las páginas que escribió, en las conversaciones que sostuvo, en los vinos que degustó, en los espacios culturales que recorrió, en las causas que acompañó, en los animales que cuidó y en la memoria de quienes lo conocieron y lo apreciaron. Su vida representa una defensa constante de la cultura, la gastronomía, el periodismo y la belleza de narrar el mundo con sensibilidad y honestidad.





















