La tradición de los chinelos, una de las expresiones culturales más emblemáticas del estado de Morelos, ha encontrado en Tijuana un espacio de preservación y crecimiento gracias al trabajo de artesanos que han dedicado su vida a este oficio. En el marco del Carnaval Sin Fronteras, figuras como Adolfo González, conocido como Fito de Yautepec, y Estela Pineda Martínez, también originaria de Yautepec, compartieron la historia, el significado y la elaboración de los trajes que dan vida a esta festividad.
Fito, quien llegó a Baja California hace más de 30 años, explicó que su oficio es una herencia familiar que inició con su madre, una de las primeras artesanas de Yautepec. Desde entonces, él y su familia han mantenido viva esta tradición, elaborando trajes que viajan a distintos estados y hasta Estados Unidos. Su trabajo, dijo, se sostiene gracias al apoyo de la comunidad y al impulso del Carnaval Sin Fronteras, que ha abierto nuevos espacios de difusión y comercialización.
Por su parte, su esposa y también artesana, Estela Pineda Martínez profundizó en el origen del traje chinelo, una historia que se remonta a la época colonial. Explicó que los trabajadores indígenas y mestizos eran excluidos de las fiestas organizadas por los españoles, por lo que comenzaron a vestirse con ropas largas y cubrirse el rostro con pañuelos para burlarse de los hacendados sin ser reconocidos. Con el tiempo, estos atuendos evolucionaron hasta convertirse en vestuarios elaborados y coloridos que hoy representan orgullo, identidad y resistencia cultural.
Estela destacó que cada traje cuenta una historia completa: desde el fleco y el sombrero hasta las figuras bordadas en el vestido. Los temas pueden representar elementos prehispánicos, guerreros águila, símbolos regionales o motivos elegidos por quien lo porta. Esta dimensión simbólica convierte cada traje en una pieza única que combina tradición, creatividad y memoria colectiva, y que requiere meses de trabajo artesanal para completarse.
La elaboración de un traje chinelo es un proceso minucioso que puede tardar entre cinco meses y un año, dependiendo de la complejidad del diseño. Los materiales principales incluyen terciopelo, marabú, chaquira, lentejuela y sombreros hechos a mano o de palma. Fito explicó que, aunque suele trabajar en diseños sencillos por la demanda, un traje completamente elaborado puede requerir más de doce meses de trabajo continuo. Su familia participa en cada etapa, permitiendo que en un año puedan producir hasta veinte trajes sencillos.
El artesano Fredy Sánchez Rojas, con 25 años de experiencia, también compartió su perspectiva sobre la importancia de representar a Morelos desde la frontera. Para él, portar o elaborar un traje chinelo en Tijuana es una forma de mantener viva la identidad de su estado. Ha confeccionado temas como Texalcoa, Popocatépetl, la flor de cempasúchil y trajes infantiles, además de diseños personalizados que reflejan la diversidad cultural de quienes los solicitan.
Ambos artesanos coincidieron en que el traje original del chinelo es el de Tlayacapan, caracterizado por la bata blanca con franjas azules y un sombrero artesanal bordado con chaquira. A partir de este modelo tradicional, cada región de Morelos ha desarrollado variantes con distintos niveles de ornamentación, colores y técnicas de bordado, lo que ha permitido que la tradición evolucione sin perder su esencia.
Gracias al impulso del Carnaval Sin Fronteras, dirigido por Guillermo Nájera, los artesanos han encontrado nuevos espacios para mostrar su trabajo y fortalecer la presencia de la cultura morelense en Tijuana. Hoy, cada traje, cada comparsa y cada paso del chinelo en el malecón de Playas de Tijuana representa una historia que viajó desde Morelos y que continúa viva gracias al trabajo de familias que, lejos de su tierra, mantienen encendida la llama de una tradición que no conoce fronteras.













