María Magdalena, la pionera de la igualdad y el uso perverso de su historia

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Escrito por Rita Magaña Torres / CIMAC

El movimiento feminista ha reconocido a María Magdalena como “pionera de la igualdad”. Es hora ya de que las iglesias cristianas hagan el mismo reconocimiento en su seno y devuelvan a las mujeres el protagonismo que tuvieron en el cristianismo primitivo y que deben recuperar su contribución hoy. 

“Apóstala de apóstoles” es el título que dio a María Magdalena, Hipólito de Roma, quien considera a las mujeres portadoras de la verdad, y las llama apóstalas de Cristo; en el mismo sentido se expresa Jerónimo, quien reconoce a María Magdalena el privilegio de haber visto a Cristo resucitado «incluso antes que los apóstoles».

Sin embargo, con el proceso de patriarcalización, clerizalización y jerarquización del cristianismo, María de Magdala fue relegada al olvido; más aún, es representada como la penitente y la sirvienta de Jesús en agradecimiento por haber expulsado de ella los malos espíritus. Mejor suerte tuvo María de Nazaret, madre de Jesús, que fue declarada madre de Dios, elevada a los altares y tratada casi con honores divinos.

En las últimas décadas se ha producido un movimiento de recuperación de la figura de María Magdalena por especialistas de la biblia cristiana, teólogas feministas que re leen textos con la perspectiva de género, elaboran una reconstrucción anti patriarcal de los primeros siglos de la iglesia, con una hermenéutica

Cristina Fallarás, teóloga feminista emprendió una encomiable labor de rescate al devolverle una voz empoderada a quien por años no la tuvo y fue satanizada por la iglesia. En las páginas de El Evangelio según María Magdalena es el retrato feminista y sensual de una mujer libre, cuyo papel en la fundación del cristianismo ha sido borrado por la Iglesia. Es hora de combatir la versión del patriarcado, porque su montaje ha resultado devastador. Con la voz de la Magdalena todo se comprende.

Las mujeres constituyen la referencia indispensable de la transmisión del mensaje evangélico; más aún, son el eslabón esencial para el nacimiento de la comunidad cristiana. Sin el testimonio de las mujeres, hoy quizá no habría iglesia cristiana.

Así, la pasión de cristo se puede vivir con la mirada de María Magdalena, a quien se le ha querido desvirtuar y ubicar como una «prostituta«, pero la periodista y feminista española Cristina Fallarás tomó en cuenta, para reivindicarla los documentos de los evangelios Mateo, Marcos, Lucas y Juan, donde encontró que en ninguno de estos testimonios se refieren a ella como prostituta. 

No obstante, la escritora en su obra El evangelio según María Magdalena encuentra que Pablo de Tarso en las epístolas sí lo hace y además no pierde oportunidad en lanzar frases discriminatorias para ella, quien era vista como una ciudadana de segunda al servicio de los varones, pero que no dejó a Jesús como los apóstoles –a excepción de Juan– y fue testigo de la crucifixión y resurrección.

María Magdalena lleva ese nombre por ser originaria de «Magdala», pequeña ciudad pesquera de la costa oriental del lago de Galilea, entre Cafarnaún y Tiberíades, y es la mujer que aparece casi siempre citada en primer lugar en el grupo de discípulas de Jesús,

Ella es discípula, pertenece al grupo más cercano a Jesús, ocupa un lugar preeminente en él, hace el mismo camino que él hasta Jerusalén, comparte su proyecto de liberación y su destino. Las mujeres que siguen a Jesús suelen ser citadas en los evangelios en referencia a un varón; María Magdalena, no: una prueba más de su independencia de toda estructura patriarcal.

Al formar parte del grupo de mujeres que sigue al Nazareno, realiza tareas domésticas (cocina, limpia, lava, sirve la comida). Para Fallarás algunos de los milagros que se le atribuyen al Nazareno son en realidad rumores, pues ellas se encargaban de tener todo listo para la gente que acompañaba al predicador, como la famosa historia de la multiplicación de panes y pescados.

En el libro de la feminista española dice que la voz de una mujer cuenta la historia de Cristo. Esta vez nadie la juzga, no hay miradas que limiten su presencia ni sus actos. Los epítetos misóginos están fuera de lugar: ni virgen, ni santa, ni prostituta, ni mujer engendradora. Ella es María de Magdala o María Magdalena, un rostro cercano al nazareno.

Conviene recordar que las mujeres desde la antigüedad, en Grecia, durante el siglo V a.C., no tenían derechos. En esos años los esclavos, los extranjeros, las personas con discapacidad y las mujeres no podían participar en la vida política. Con la presencia del nazareno, la visión sobre la mujer no podía ser distinta.

María Magdalena es un personaje que ha ocupado la atención de varios narradores desde Cervantes, Erasmo, Teresa de Ávila, Nikos Kazantzakis, Marguerite Yourcenar, Pedro Miguel Lamet y José Saramago, entre otros. El punto en común es el deseo de restituirle la voz a una mujer que fue importante en la vida y muerte de Cristo.

En la versión de José Saramago, El evangelio según Jesucristo, María de Magdala es vista como esposa de Cristo, hecho que desencadenó polémica. Sin embargo, Saramago todavía usaba la palabra prostitución para referirse a los antecedentes de María Magdalena.

Se da voz a una mujer bíblica

Fallarás es una narradora, periodista y activista en favor de los derechos humanos de las mujeres, quien da voz, de una manera sui generis, a este personaje bíblico. La María Magdalena de Fallarás es solidaria, lúcida, entusiasta, crítica, a veces intolerante y previsora.

Por otra parte, la vida de la mujer de Magdala es áspera como una roca. Su padre murió decapitado. Elabora un discurso a partir de la orfandad, desde el corazón de la mujer que ha sufrido y ha vivido la segregación. Es amiga de María, la madre de Cristo, y eso en ocasiones la vuelve su confidente.

El evangelio según María Magdalena puede incomodar a las mentes más conservadoras y, a la vez, ser un discurso dinámico para quienes pueden imaginar a una mujer atípica.

En 2016, el papa Francisco redimió la figura de María Magdalena, quien durante años fue tachada de prostituta, poseída por siete demonios. A partir de esa fecha, la iglesia católica la define como “la apóstala de los apóstoles”; ese reconocimiento se debe a que ella fue la primera en anunciar la resurrección de Cristo y la primera a quien Jesús llama por su nombre.

La fidelidad o infidelidad a una causa y a una persona se demuestran en la hora de la persecución y del sufrimiento. Cuando Jesús es condenado a muerte, los discípulos varones huyen por temor a ser identificados como miembros de su movimiento y correr la misma suerte que él. Solo las mujeres que le habían seguido desde Galilea le acompañan en el camino hacia el Gólgota y están a su lado en la cruz. 

Dentro del grupo de mujeres, los evangelios citan a María Magdalena en primer lugar. Ella funge como discípula fiel, no de un mesías triunfante, sino de un crucificado por subvertir tanto el orden establecido religioso como el político de carácter imperial y patriarcal.

Los distintos relatos evangélicos coinciden en presentar a las mujeres como testigos de la resurrección y a María Magdalena como la primera entre ellas. Es precisamente ella quien comunica la noticia a los discípulos, quienes reaccionan con incredulidad. Ella cumplió las tres condiciones para ser admitida en el grupo apostólico: haber seguido a Jesús desde Galilea, haber visto a Jesús resucitado y haber sido enviada por él a anunciar la resurrección. 

El reconocimiento de María Magdalena como primera testigo del resucitado explica su protagonismo en el cristianismo primitivo, al mismo nivel que Pedro, e incluso mayor en algunas iglesias. Sin embargo, en las cartas paulinas y otros escritos de la biblia cristiana, el testimonio de las mujeres ya no aparece, y María Magdalena es sustituida por Pedro.

Ello se debe a que la Iglesia estaba empezando a someterse al dominio masculino, que muy pronto comenzó a suprimir el importante lugar ocupado por las mujeres en el movimiento de Jesús.

El silenciamiento, por parte de Pedro y de otras tradiciones de la biblia cristiana, de la aparición de Jesús a María Magdalena y a otras mujeres llevó derechamente a la exclusión de estas de los ámbitos de responsabilidad comunitaria.

En los diálogos de revelación de los Evangelios de tendencia gnóstica, María Magdalena aparece como interlocutora preferente de Cristo resucitado y hermana de Jesús, discípula predilecta y compañera de el salvador.

Esa posición privilegiada provoca celos en algunos apóstoles, especialmente en Pedro, quien, según el apócrifo Pisis Sophia, reacciona en estos términos: «Maestro, no podemos soportar a María Magdalena, porque nos quita todas las ocasiones de hablar; en todo momento está preguntando y no nos deja intervenir».

Lo que hace falta es vencer las resistencias del pensamiento androcéntrico y de la organización patriarcal de la mayoría de las iglesias cristianas, y recuperar en la práctica la tradición del movimiento de Jesús como discipulado de iguales que lo seguían y el seguimiento de su causa de liberación de todas las esclavitudes. 

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