Este 8M fue mi tercera marcha consecutiva. Recuerdo bien la primera: todo era nuevo para mí. En aquel entonces, caminaba con algo de indiferencia o, mejor dicho, con el desconocimiento de quien ve desde fuera esos rostros dolidos. Veía los cartelones de «Yo sí te creo» o «Marcho por aquellas que ya no pueden hacerlo», pero la lista de mensajes parecía no tener fin.
Sin embargo, cuando te detienes a escuchar los testimonios en micrófono abierto —donde chicas cuentan por primera vez que fueron violadas por su propio padre o un familiar— es imposible que eso no te sacuda. Ya son tres años seguidos y, lejos de lo que algunos podrían pensar, este año el número de mujeres marchando no disminuyó; al contrario, el reclamo de justicia no cesa.
Durante estas marchas todo puede suceder y todo se puede ver. Camino entre madres que buscan a sus hijos e hijas desaparecidos, familias enteras que siguen esperando una respuesta y que cargan el peso de un feminicidio o de una vida violentada. Veo a mujeres llorando la pérdida de una hermana o una amiga, y me encuentro de frente con jovencitas que han sufrido abusos psicológicos, económicos y sexuales.
A estas mujeres muchos las critican y las nombran con adjetivos ofensivos que, por respeto a ellas y a mí, no pienso repetir. Pero después de estar ahí, entiendes por qué gritan, por qué salen a las calles y por qué destruyen: lo hacen por la impotencia.
Es muy distinto verlo a través de la pantalla de una televisión o en redes sociales; ahí no se alcanza a percibir lo que realmente se vive ni las emociones que se desbordan. Hasta que estás ahí presente, no como espectador desde casa, sino en las calles, hablando con ellas y escuchando sus sollozos diciendo: “No me hicieron caso”. Es entonces cuando entiendes, cuando sientes empatía y descubres lo que realmente significa la sororidad.












