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Presentan claves sobre evaluación y diagnóstico temprano del Trastorno del Espectro Autista (TEA)

  • En el marco de actividades académicas sobre neurodivergencia, la psicóloga Ana González —especialista con casi 30 años de trayectoria dedicada al autismo y madre de dos hijos con diferentes condiciones neurodivergentes— impartió una conferencia centrada en la evaluación clínica, la detección temprana y los criterios de diagnóstico en el Trastorno del Espectro Autista (TEA).

Durante su exposición, la psicóloga subrayó que una etiqueta diagnóstica no debe ser una clasificación cerrada ni un fin en sí mismo, sino un punto de partida descriptivo que identifique las fortalezas, debilidades y apoyos específicos que requiere cada persona.

Sin marcadores físicos: el reto del diagnóstico clínico

La especialista explicó que el autismo es una condición del neurodesarrollo que se manifiesta a edades tempranas y se caracteriza por una amplia diversidad de perfiles. Al no existir biomarcadores o pruebas físicas (como análisis de sangre), el diagnóstico depende exclusivamente de la observación y la evaluación clínica especializada.

González detalló que, bajo los criterios del manual DSM-5, la persona debe presentar características en dos áreas fundamentales:

  1. Comunicación e interacción social: Dificultades en la reciprocidad emocional, lectura de emociones, lenguaje no verbal y mantenimiento de conversaciones.
  2. Patrones repetitivos y restringidos: Movimientos estereotipados, adherencia rígida a rutinas, inflexibilidad e intereses fijos o de gran intensidad.

Asimismo, hizo hincapié en la complejidad del diagnóstico diferencial, debido a que el TEA suele solaparse o confundirse con el Trastorno del Desarrollo del Lenguaje (TDL), cuadros de ansiedad social, discapacidad intelectual, altas capacidades (AACC), Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) y trastornos del movimiento.

La ruta de la detección: tres niveles de acción

Para garantizar una intervención oportuna, la psicóloga presentó una guía de buenas prácticas dividida en tres niveles de atención:

  • 1. Vigilancia del desarrollo: Monitoreo de hitos evolutivos a nivel global por parte de pediatras, médicos de atención primaria y personal de educación infantil (0 a 3 años). Para ello, recomendó herramientas como la aplicación Milestones Tracker y el recurso 16×16.
  • 2. Detección específica (Screening): Aplicación de cuestionarios validados ante la presencia de señales de alerta. Destacó la escala CSBS (para bebés de 0 a 24 meses) y el test M-CHAT (aplicable hasta los 36 meses), disponible en línea y diseñado para ser respondido por los padres.
  • 3. Evaluación y diagnóstico formal: Proceso clínico que incluye la reconstrucción de la historia médica (anamnesis con la entrevista ADI-R), observación directa mediante la escala ADOS, así como la evaluación de habilidades adaptativas y perfil cognitivo (mediante pruebas no verbales como la escala Leiter).

Banderas rojas que exigen atención inmediata

La psicóloga Ana González advirtió que no se debe retrasar la atención especializada argumentando que el niño «ya hablará con el tiempo». Las señales de alerta para una derivación directa incluyen:

  • A los 12 meses: Ausencia de balbuceo o de gestos comunicativos (como señalar o decir adiós).
  • A los 18 meses: Ausencia de palabras independientes.
  • A los 24 meses: Ausencia de frases espontáneas de dos palabras.
  • A cualquier edad: Cualquier regresión o pérdida súbita del lenguaje o de habilidades sociales previamente adquiridas.

«Es mejor que la persona empiece a recibir estimulación, aunque luego no tenga autismo, que decir ‘ya hablará’ y esperar, porque la espera inactiva no conduce a nada», enfatizó González.

Impacto emocional en el entorno familiar y educativo

Durante la jornada se abrió un diálogo con el público, donde padres de familia compartieron que el proceso diagnóstico estuvo acompañado de sentimientos como «tristeza», «cansancio» y «frustración».

Por su parte, docentes presentes expusieron la desorientación que enfrentan en el aula cuando las familias atraviesan por etapas de negación. Al respecto, González recordó que el entorno puede «hacer el autismo grande o pequeño», concluyendo que la labor de la comunidad debe centrarse en construir espacios respetuosos y comprensivos que reduzcan las barreras del entorno.

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