La estación de tren de Tecate, Baja California, es hoy un referente histórico y arquitectónico de la región, pero a inicios de los años 2000 estuvo al borde de desaparecer. El abandono derivado de la privatización del sistema ferroviario en México dejó múltiples estaciones en deterioro, y la de Tecate se convirtió en un espacio vandalizado y en riesgo de destrucción. En aquel entonces, María Curry, actual coordinadora de Museos y Galerías de la Secretaría de Cultura de Baja California, además integrante de la mesa directiva de Save Our Heritage Organization (SOHO) y vicepresidenta de ICOMOS Región 1 México, identificó que el inmueble reunía características excepcionales que ameritaban su rescate.
Curry estudiaba estaciones ferroviarias como parte de su formación doctoral y conocía ejemplos en todo el país. Al llegar a Tecate, encontró un edificio en malas condiciones, pero con una integridad histórica sorprendente: puertas, ventanas, materiales y diseño original permanecían intactos. Esa autenticidad, sumada a su valor arquitectónico y su relación con figuras relevantes de la historia estadounidense, la convertían en una pieza única dentro del patrimonio ferroviario binacional. Fue así que decidió postular la estación en la lista de las once estructuras ferroviarias más amenazadas de Estados Unidos, una convocatoria que buscaba proteger bienes en riesgo.
Aunque inicialmente se rechazó la propuesta por encontrarse en México, Curry argumentó que la estación formaba parte del San Diego & Arizona Railway, un ferrocarril concebido para conectar California con San Diego y que, debido a la geografía montañosa, atravesaba 70 kilómetros de territorio mexicano. Esa condición binacional permitió que la estación Tecate calificara para el Registro Nacional de Monumentos Históricos de Estados Unidos.
La estación, construida en 1919, está asociada con personajes clave como John D. Spreckels, empresario responsable del Hotel Coronado y del propio ferrocarril, así como con el arquitecto William Wheeler, considerado un “master architect”. Su diseño pertenece al estilo de la pradera, corriente arquitectónica impulsada por Frank Lloyd Wright, caracterizada por techos planos, grandes aleros, simetría y una integración profunda con el paisaje. Este estilo, introducido en Baja California a través de la estación, influyó posteriormente en viviendas de Tecate.
La nominación se elaboró en 2000 por Curry y Richard Borstad, del Pacific Southwest Railroad Museum, y se presentó a través de SOHO. La estación permaneció dos años en la lista de sitios amenazados, tiempo suficiente para generar atención mediática y presión institucional. El ruido internacional motivó al Gobierno de Baja California, al Gobierno Federal y al Instituto Nacional de Antropología e Historia a intervenir para su rescate y restauración.
Sin esa nominación, la estación probablemente habría sido destruida, como ocurrió con otras estructuras ferroviarias en México. Curry recuerda haber visto mobiliario original que posteriormente desapareció y cómo el deterioro avanzaba sin control. La madera fina del edificio, posiblemente cedro, resistía incluso fogatas improvisadas en su interior, pero el abandono era evidente.
Actualmente, la estación continúa en uso como oficinas de Admicarga. Aunque el acceso público es limitado debido a modificaciones posteriores, el edificio permanece en pie como testimonio de la historia ferroviaria binacional. La conexión con Estados Unidos se mantiene interrumpida por el colapso de un túnel, pero durante décadas la estación fue punto clave de excursiones entre Campo, California y Tecate, lo que reforzó su relevancia cultural.
El ferrocarril San Diego–Arizona, conocido como “el ferrocarril imposible” por los desafíos geográficos que enfrentó, operó tanto para pasajeros como para carga agrícola. El servicio de pasajeros se mantuvo hasta la década de 1970, y su trazado buscaba conectar San Diego con el este de Estados Unidos, en competencia con rutas que partían desde Los Ángeles.
La estación Tecate permanece como un símbolo de la historia compartida entre México y Estados Unidos, y como ejemplo de cómo la investigación, la gestión cultural y la colaboración internacional pueden evitar la pérdida de un patrimonio invaluable.






